lunes, 11 de febrero de 2013

Distribución de la palabra y la imagen


JOSÉ LUIS PEREIRA
Poeta nicaragüense.


 
A donde quiera que vayamos, se escucha frecuentemente hablar sobre la crisis actual. Esta expresión “crisis actual”, es como una enfermedad viral que se manifiesta en cualquier tipo de conversación. Al escuchar esta frase o similares, damos por sentado que alude a los altos costos de la vida; a la escasez y precios elevados de los bienes que aseguran nuestra subsistencia. En resumen, “crisis actual” formula la imposibilidad del individuo común y corriente, por alcanzar el estándar de lo que hoy se concibe como “calidad de vida”.

Contrario a lo anterior, nos percatamos que los centros de entretenimiento reciben un flujo masivo de personas, lo que valida la siguiente pregunta: ¿Por qué la gente despilfarra su dinero en el estado de “crisis actual” en que vivimos, habida cuenta que no somos necesariamente privilegiados, los que consumimos en tales sitios? Algo habrá en estos que nos dice ofertar una buena parte de la  “calidad de vida” que orienta todos nuestros esfuerzos.

Esta contradicción entre “crisis actual” y despilfarro, nos alerta acerca de lo que se dice con relación a lo que se observa; nos ubica en actitud vigilante de las palabras frente a las imágenes y cómo la distribución que de éstas hacemos 
en la vida cotidiana, ya sea de forma volitiva o inconsciente; reorganiza el sistema de relaciones en la sociedad moderna.

Si el acto de pensar es  figurarse o imaginar, entonces  figura e imagen,  en el sentido de forma que adquiere el pensamiento, nos revela desde un inicio la presencia de signos organizados otorgando valor semántico a las palabras, pero también encontramos una fuerte participación de símbolos e imágenes de uno mismo ejerciendo roles en la realidad concreta, y nos damos cuenta que interactuar en ella; implica someternos continuamente al intercambio de palabras e imágenes que son el inventario de recursos con los cuales, en el transcurso del tiempo y las relaciones,  se construye o se adopta, un sentido de la existencia que vendría a ser la famosa “calidad de vida”.

No es difícil encontrar personas cuyos hábitos de consumo nos dan una idea  hacia dónde se inclina la balanza de su “calidad de vida”. Vemos el peso decisivo que en ellos ejercen los bienes suntuarios que pueden adquirir en beneficio de su propia imagen, aún cuando atentan contra su economía. 


“A como te ven, te tratan”: No dudamos que la imagen es uno de los bienes de consumo más apetecibles y onerosos, puesto que la imagen nunca se termina de adquirir por completo y siempre habrá de ajustarse a la tendencia socialmente aceptable.  Pero ¿qué sucede con los bienes alimenticios que gozan de prioridad en el orden de los gastos? La carne, los granos básicos, las frutas; la mayoría de los alimentos ahora se nos venden bajo un sello o marca que nos dice asegurar su calidad, entretanto, observamos que las tablas de nutrición impresas en los empaques, no son un distingo competitivo a la hora de comprar o vender en el mercado interno.

La marca de un producto, las promociones que este financia, sus anuncios publicitarios, y las rifas de bienes suntuarios para la captación y conservación de clientes, han sepultado en el fondo de nuestro interés las tablas nutricionales y puesto por encima la posibilidad de comprar un producto en promoción con la esperanza  de obtener el premio; que aun cuando no se trata de objetos estrictamente suntuarios, responden en cierta medida, más a la imagen de la “calidad de vida moderna” que a la necesidad.
 Obviamente la palabra conserva su vigencia en nuestra forma de vida, cualquiera que esta sea; pero es claro que asistimos al nacimiento de una era en que la comunicación visual, podría terminar suplantando al lenguaje oral y escrito, en su función dialéctica para las mayorías.
Hubo una edad de oro de la palabra hablada o escrita, un tiempo casi mítico durante el cual la calidad de vida de un individuo estaba determinada por el manejo de la retórica, y aun cuando el uso de ésta fuera rudimentario, la “palabra” era sinónimo de garantía.
Es posible que a partir de la primera guerra mundial, esta importancia dada a la palabra cayera con todas las consecuencias observadas, en un profundo descrédito. Así vemos por ejemplo en Altazor o el viaje en paracaídas  de Vicente Huidobro, un registro crítico en el que se pone en duda la eficacia de la palabra en todas las dimensiones de la vida y la necesidad de echar por tierra el lenguaje de una fe basada en la razón. La gran depresión, la Segunda Guerra Mundial y la llamada guerra fría, así como los conflictos socio políticos, terminaron por instaurar el escepticismo en la conciencia colectiva, acerca de los discursos políticos. La era de la comunicación es para este escepticismo, una especie de acelerador, que informa a la comunidad, de la marcada diferencia entre los discursos oficiales y la gestión gubernamental.
La historia nos ha demostrado que los discursos sociales pierden todo sentido frente a las necesidades básicas. Tristemente, también nos ha enseñado que la intervención de los escritores sólo ha sido crucial en momento de crisis bélica. Por lo demás, estos buenos hombres que somos los escritores, por bien intencionados que seamos, nuestro papel se ve reducido a la imaginación que de nosotros, demanda un mercado angustiado por su realidad “pacífica”. El Best Seller es un claro ejemplo del gusto y la preferencia del mercado y desde luego el único discurso político que parece atractivo para las mayorías,  pues a la vez que nos muestra la magia y la atrocidad del mundo, nos brinda fuerzas anímicas con breves y oportunos manuales de instrucciones para sobrevivir en este sistema de producción, que dicho sea de paso, rediseña sus estructuras en función de las oportunidades que genera  la desigualdad. 
 El diálogo y por consiguiente la importancia de la palabra se nos reducen al ámbito estrictamente político o debería decirse a la tradición partidaria. El libre mercado por su parte, también ha contribuido a distanciar al gran público de la palabra, a la vez que nos acerca a la imagen por el sentido de inmediatez que genera y la eficacia persuasiva que posee, puesto  que “una imagen vale más que mil palabras”. Con lo anterior tenemos evidencias para sospechar que en el clima de negocios y de las relaciones en general se promueve el uso moderado del diálogo, entendido este en términos de comunicación básica de las necesidades, de las instrucciones básicas para realizar un trabajo técnico o profesional.
Por su parte la literatura no científica: teatro, poesía y demás géneros, se enfrentan a esta realidad en que la palabra funciona como un recurso distribuido y administrado por el gobierno, y aplicado en menor grado a los requisitos formales  del entorno laboral. Aquellas artes que en otros tiempos gozaban de mejor posición, hoy tienen que mendigar un espacio y tratar de conservarlo aún sabiendo que la lentitud de la palabra escrita y el esfuerzo de concentración mínima que esta demanda de sus consumidores, no compite con el ritmo acelerado de la imagen audio visual. Sobra decir que uno de los valores promovido en este sistema, es la correcta administración del tiempo, ya que perderlo implica también, perder las oportunidades de generar riquezas.
Quizás el único recurso que nos aporta una visión crítica de la sociedad lo encontramos en la literatura que propone maneras de enfocar nuestra realidad al margen de la moda, aunque sepamos que la conciencia es débil ante las circunstancias adversas, y fácil de seducir con las imágenes apropiadas. Si no me traiciona la memoria, E. Pound proponía “cargar las palabras de significado”, apuntando a la economía del lenguaje,  sin necesidad de empobrecer el discurso es decir, sin exponer la conciencia. Hoy esta propuesta de “cargar” se aplica a las imágenes audiovisuales, porque se sabe que a las palabras, simplemente “se las lleva el viento”.
 Publicado en:
ISSN. 2305-1086. EL MERCADO, Revista Literaria. Año 1 N°1. Pág.13,14,16,17
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